La educación lenta: no aprender más, sino aprender mejor

La educación lenta: no aprender más, sino aprender mejor

¿Qué es la educación lenta?

Cuando pensamos en el tiempo lectivo de una escuela, ¿en qué estamos pensando? Lo habitual es que nos refiramos al horario de clases o al calendario. Estamos acostumbrados a que el tiempo de una escuela se organice en un sentido cuantitativo: cuántas horas de clase, qué se imparte en cada hora. Un modelo educativo basado en evaluaciones constantes a través de tests estandarizados implica una organización del horario de clase cerrada e impuesta a la escuela, al profesorado y al alumnado.

La educación lenta propone un cambio en la manera de organizar la educación de forma que se revalorice el tiempo dedicado al aprendizaje. No se trata de saber mucho, sino de saberlo bien, no se trata de impartir muchos contenidos, sino de profundizar más en lo importante. La clave es que los estudiantes aprendan a aprender.

El movimiento de la educación lenta nace al calor del movimiento slow, que promueve una mayor reflexión en torno a nuestras vidas, nuestros actos y el impacto que tienen en los demás y en el mundo en general. Por ejemplo, el movimiento slow food intenta que seamos más conscientes de qué comemos, de dónde procede lo que comemos y cómo está preparado. Maurice Holt, en su artículo de 2002 It’s time to start the slow school movement fue el primero en aplicar los principios del movimiento slow a la educación. Holt analiza el sistema de educación público de Estados Unidos y se encuentra con un panorama desolador: hostigadas por un sistema de evaluación basado en tests estandarizados, las escuelas públicas americanas han adaptado sus clases para preparar a los estudiantes a realizar con éxito los tests. Como resultado los estudiantes se dedican a memorizar datos y conceptos en vez de aprenderlos y comprenderlos. Holt propone un cambio: dar mayor autonomía a las escuelas y a los profesores; dejarles organizar el tiempo de clase según las necesidades e intereses de los estudiantes, pero sin rebajar el nivel de exigencia; y fomentar el pensamiento crítico y la comprensión por encima de la memorización.

Si estas características te suenan, es porque el objetivo de la educación lenta como movimiento es el de llevar a la educación pública un enfoque educativo que ya ha sido puesto en práctica con éxito desde hace casi 100 años. Hablamos, por ejemplo, de las escuelas Waldorf y Montessori. La pedagogía Waldorf, nacida en 1919, pretende lograr un desarrollo completo del alumno, fomentando habilidades artísticas, sociales, la empatía y razonamiento crítico. Las evaluaciones son sobre todo cualitativas. La pedagogía Montessori proporciona al aprendiente un alto grado de autonomía, fomentando la curiosidad y el descubrimiento como herramientas clave en la adquisición de conocimiento. Las escuelas Montessori también persiguen el objetivo de lograr un desarrollo completo del alumno, no solo desde el punto de vista académico, sino también como persona. Lo que tienen en común las pedagogías Waldorf, Montessori y la educación lenta es que ponen al aprendiente y a sus necesidades en el centro del proceso educativo.

Hay numerosos estudios que muestran la eficacia de las pedagogías Waldorf y Montessori, comparando su desempeño académico con otras pedagogías y sistemas educativos. Entonces, ¿por qué no aplican estas pedagogías en la educación pública? Como remarca Maurice Holt, los alumnos de escuelas con este tipo de pedagogías suelen provenir de familias de clase media, y suelen estar mejor preparados para trabajar en formatos no estructurados. El desafío es aplicar esta filosofía en la escuela pública y hacerla servir a los alumnos sea cual sea su situación económica, social y cultural.

El sistema educativo público finlandés suele ser puesto como ejemplo de excelencia y de eficacia, y precisamente una de sus características clave es la autonomía de la escuela y del profesor para organizar el tiempo del aula.

Figuras clave en la educación lenta

Maurice Holt fue uno de los primeros en hablar de la educación lenta, a finales de los 90, y un firme defensor de la autonomía del profesor y de las escuelas desde el comienzo de su carrera como docente a finales de los 60. Holt defendía una educación que fuese más allá de la transmisión de datos y habilidades, y rechazaba la industrialización de la educación

Joan Domènech es una de las figuras clave de la educación lenta en España. Este profesor, ahora jubilado, fue director de la escuela pública Fructuós Gelabert en Barcelona. Es el autor de Elogio de la educación lenta, una profunda reflexión sobre el tiempo en el proceso educativo. Domènech defiende tiempos y ritmos de aprendizaje adaptados al estudiante y centrados en ofrecer una enseñanza de calidad, centrada en la comprensión, por encima de la cantidad de contenidos y horas lectivas.

El profesor Gianfranco Zavalloni es el autor de La Pedagogía del Caracol. Zavalloni propone una serie de estrategias didácticas para “desacelerar” la enseñanza: hablar con los estudiantes para conectar con ellos, sus vivencias y necesidades; escribir a mano, recuperar la caligrafía; dibujar en lugar de fotocopiar; o montar un huerto en la escuela, para conectar con los tiempos de la naturaleza.

El periodista canadiense Carl Honoré es uno de los principales divulgadores del Movimiento Slow, que busca transformar la sociedad para alejarla del paradigma de que más rápido es mejor. Para los defensores del movimiento slow, cada acción requiere un tiempo concreto, para hacerlo todo lo mejor posible, en vez de lo más rápido posible. Se puede lograr así una mayor conciencia sobre qué hacemos y por qué lo hacemos.

Respetar la diversidad de los aprendientes y sus ritmos de aprendizaje

Una de las claves de la educación lenta es el respeto a la diversidad de cada aprendiente. Cada persona desarrolla habilidades nuevas y adquiere conocimientos a una velocidad diferente. Es por eso que hacen falta procesos que permitan el desarrollo individual. Trabajar con ritmos diferentes como respeto a la diversidad de los aprendientes. Los currículums educativos impuestos desde arriba implica que todos los alumnos tengan que seguir el mismo ritmo y que estén expuestos a los mismos contenidos al mismo tiempo.  Pero impide que cada aprendiente explore y desarrolle aquello para lo que tiene más predisposición. Y como consecuencia, se pierde la curiosidad y el descubrimiento como herramienta de aprendizaje.

Los currículums educativos buscan una homogeneidad en el aprendizaje que permita evaluar cuantitativamente cuánto se ha aprendido. Pero según los parámetros de la educación lenta, las calificaciones fomentan una competitividad que es contraproducente. Para los defensores de la educación lenta, el aprendizaje es mejor cuando es compartido. Por eso la cooperación y el trabajo grupal son clave en este modelo didáctico, para que los estudiantes interactúen y se ayuden mutuamente.

Aprender a aprender. La escuela para la vida.

Para Joan Domènech “memorizar no significa aprender. Aprender para hacer un examen no significa saber. Saber no significa comprender”. La educación lenta defiende que el aprendizaje no ha de tener como objetivo sacar mejor nota en un examen. Por lo tanto la función de la escuela no ha de ser solo la de transmitir conocimientos. La educación lenta rechaza esa visión mercantilista y defiende la educación como una disciplina que ayude a los aprendientes a pensar, desarrollar un sentido crítico y ayudarles a construir su identidad. Para ello el aula ha de ser de los alumnos. Si sienten que tienen poder de decisión sobre lo que ocurre en el aula es cuando saben que pueden profundizar en aquellos aspectos que les ayuden a desarrollarse como personas.

La importancia de perder el tiempo

En la educación lenta es importante el dejar tiempo libre a los aprendientes. Un tiempo no estructurado en el que desarrollar actividades sin objetivos didácticos concretos, tanto en el aula como en casa. Esto que algunos podrían considerar como “perder el tiempo”, es importante porque, según Domènech, “es entonces cuando elaboras y reelaboras el conocimiento y consolidas el aprendizaje”. Este tiempo donde se deja vía libre a la curiosidad y a los intereses personales es cuando creamos conexiones, interrelaciones y afianzamos los contenidos que hemos aprendido.

La gestión del tiempo es una de las principales preocupaciones de la educación lenta. Sobre todo en educación infantil y primaria se percibe que los adultos hemos colonizado el tiempo de los niños, con actividades y deberes que extienden el tiempo del aula al tiempo de casa y de ocio. Se impone la voluntad adulta de estimular a los estudiantes sobre sus deseos y necesidades.

El rol del profesor en la educación lenta

En un enfoque didáctico como la educación lenta que pone en el centro al aprendiente, el rol del profesor es clave como un facilitador, que estimule al estudiante y le ayude a cubrir sus necesidades educativas. El profesor también ha de ser observador para poder respetar los distintos ritmos de aprendizaje de los alumnos. Es un rol con mucha responsabilidad para el que es necesario un aprendizaje constante.

Bibliografía

Holt, M. (2002). It’s time to start the slow school movement.

Domènech, J. (2009). Elogio de la educación lenta.

Zavalloni, G. (2011). La pedagogía del caracol.

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Emilio Quintana Pareja

Esto me recuerda a Suetonio: “festina lente”. También a Nietzsche, culpable en buena parte de que me dedicara a la filología. De “Aurora” (1886), por ejemplo: “Filólogo quiere decir maestro en la lectura lenta, y que acaba también por escribir lentamente. No escribir de otra cosa más que de aquello que es capaz de desesperar a los hombres que ‘se apresuran’. Pues la filología es ese arte venerable que ante todo exige una cosa de sus admiradores: mantenerse aparte, tomarse tiempo, hacerse silencioso, hacerse lento; un arte de orfebrería y una pericia de orfebrería en el conocimiento de la ‘palabra’, un arte que exige un trabajo sutil y delicado y que no lleva a nada si no se trabaja con lentitud (…). Precisamente a causa de esto (de la lentitud del arte filológico) es hoy más necesario que nunca, justamente por la circunstancia de que encanta y seduce más, en medio de una edad de ‘trabajo’, es decir, de precipitación, de apresuramiento indecente que se enardece y que quiere acabar pronto todo lo que emprende, incluso el libro, ya fuere antiguo o moderno. Este arte a que me refiero no termina fácilmente nada; enseña a ‘leer bien’, es decir, a leer despacio, con profundidad, con reparos y precauciones, con dedos y ojos delicados…”.

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